La Era del jurado

La Era del jurado

Hace unos días me tocó asistir a una típica reunión familiar. Esas en las que rápidamente se dividen entre chicos y grandes. Hace tiempo que he elegido prestarles más atención a los chicos que a los grandes, así que me acerqué al lugar en el que primas, primos, hermanos y hermanas de variadas edades discutían cómo empezar a jugar a Bailando por sueño.
Asombrada, recordé que alguna vez me dijeron que se puede encontrar una descripción de las distintas épocas de la historia de los hombres investigando los juegos de la infancia de ese momento.
Sin llegar a recordar a que jugaba yo de chiquita, tuve que desistir de empezar a analizar a “Bailando… ” como signo de esta época, ya que la idea del juego había fracasado.
Ninguno quería bailar, todos querían ser jurado. Claro es más fácil juzgar que ser juzgado. Es más fácil, en lugar de hacer,sentarse a calificar (o descalificar) lo que otros hacen.
Eso sí es signo de esta época. Estamos en la era del jurado. Basta con ver la tele. Si no tenés jurado no sos un programa de tevé. Encima cualquiera puede serlo.
No es sólo en la tele de aire. También en cable.
Es un fenómeno mundial. Por ejemplo, John Secada, Paul Abdul o Simon, son mucho más recordados que los ganadores de sus respectivos Idol sean latin o american.
Es cierto que también hubo jurados en otras épocas (los míticos profesor Candeal o el Dr. Talice de Feliz domingo) pero hoy los de la actualidad son las estrellas. Y su crueldad es directamente proporcional a su éxito.
Hasta podría afirmar que existen programas-jurados. ¿O no entrarían en ese rubro los programas de archivo y los magazines matinales?
Todos, con más o menos gracia, inteligencia o saña, se sientan a juzgar a los demás programas. De hecho cada vez son menos los demás programas.
Tengo miedo que a la tele le esté pasando lo mismo que a los chicos del principio de esta historia. Que ya nadie quiera apostar, crear, hacer, bailar. Que todos prefieran ser jurados.
Por suerte volví de mis televisivos pensamientos gracias al elevado volumen de la música.
La reunión familiar se había transformado en una fiesta donde chicos y grandes se dejaron llevar por una sensación de alegría y donde bailaban entreverados. Me sume al baile imitando a Travolta, mientras pensaba: Qué bien hace bailar libremente y sin temor a ser juzgado.

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